Intercontinental Alliance of Women´s Networks in Law and Development
  • Fostering feminist political- legal actions and just development across Latin America, Africa and the Asia Pacific regions
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La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible ha sido aclamada como un logro histórico para los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Pero la adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que tendrá lugar este fin de semana, con eventos paralelos llenos de celebridades y miles de observadores/as, amenaza opacar — y quizás incluso socavar —el vigésimo aniversario de una agenda global mucho más significativa para los derechos de las mujeres: la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing (en ingés).

Se ha aprovechado mucho al nuevo objetivo dedicado a la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, que incluye metas para poner fin a la discriminación contra las mujeres y la violencia de género, asegurar la participación plena de las mujeres en todos los niveles públicos de toma de decisiones y asignar un valor apropiado al trabajo de cuidado y doméstico no remunerado. No cabe duda de que estos compromisos son un punto de partida vital en la batalla contra la desigualdad. Pero están muy lejos de los asumidos en la Plataforma de Beijing que exigía que los gobiernos, el sector privado, las instituciones financieras, los donantes y la sociedad civil lograran avances en 50 objetivos estratégicos que cubrían 12 «áreas críticas de interés» entre ellas pobreza, salud, educación, violencia, conflicto armado, economía, poder y toma de decisiones, medio ambiente, medios e instituciones para los derechos de las mujeres.


Algunos de esos compromisos parecen visionarios comparados con lo que los ODS les prometen a las mujeres y las niñas. Mientras los nuevos objetivos proponen en términos generales igualdad en el acceso a la justicia, en los acuerdos de Beijing los gobiernos se comprometen específicamente a asegurar el acceso a servicios legales gratuitos o de bajo costo diseñados para llegar a las mujeres que viven en la pobreza.

Mientras los ODS hablan vagamente de promover sociedades pacíficas e inclusivas, los acuerdos de Beijing exigen a los gobiernos que reduzcan los gastos militares excesivos y controlen la disponibilidad de armas. Mientras los ODS proponen metas generales sobre el trabajo digno y la reducción de la desigualdad en los ingresos, los acuerdos de Beijing reconocen el derecho de las trabajadoras a organizarse y afirman el rol clave que desempeña la negociación colectiva en la eliminación de la desigualdad salarial. Y mientras los ODS requieren que los gobiernos reduzcan los flujos financieros ilícitos, los acuerdos de Beijing los obligan a analizar y adaptar desde una perspectiva de género sus políticas macroeconómicas, incluyendo las impositivas y relacionadas con la deuda externa, con el fin de «promover una distribución más justa de los activos productivos, la riqueza, las oportunidades, los ingresos y los servicios».

Los objetivos de Beijing fueron coherentes con el reconocimiento de la naturaleza profundamente estructural de las desigualdades vividas por las mujeres. Cuestionando abiertamente los programas de austeridad y el impacto de las políticas macroeconómicas en las mujeres, la Plataforma reconoció que el modelo neoliberal «comercio, no ayuda» les falló —y les continúa fallando — a la mayoría de las mujeres del mundo. A pesar del impacto combinado de dos crisis financieras globales, la escalada en la desigualdad de la riqueza, el crecimiento de los fundamentalismos y el agravamiento constante de la crisis ambiental, los ODS ni siquiera se equiparan a los acuerdos de Beijing en cuanto a su nivel de ambición y mucho menos los toman como punto de partida para hacer frente a nuestros desafíos actuales.

Peor aún: los gobiernos todavía tienen margen para debilitar aún más los ODS este fin de semana, planteando reservas cuando tomen la palabra en la cumbre sobre desarrollo sostenible. Dados los reparos que ya expresaron los gobiernos a los objetivos sobre matrimonio temprano y forzoso y sobre el trabajo de cuidado no remunerado durante las negociaciones, es probable que esos objetivos sean objeto de reservas, aun cuando ya existen compromisos similares o más fuertes en acuerdos como los alcanzados en Beijing.

Por lo tanto, existe el peligro de que los ODS directamente socaven los acuerdos de Beijing. Si bien durante los tres días que durará la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible los gobiernos hablarán extensamente, el tiempo dedicado a la revisión de los 20 años transcurridos desde los acuerdos de Beijing será de solo tres minutos por Estado para formular «declaraciones de compromiso» voluntarias el domingo, día dedicado a este evento.

Lo que esto deja claro es que, en lugar de nuevos compromisos de los gobiernos a través de los ODS, lo que necesitamos es una rendición de cuentas acerca de las promesas hechas hace 20 años en Beijing. Esta falta de rendición de cuentas es una de las mayores debilidades del sistema de la ONU, y el proceso de revisión para los ODS no cambiará esta situación. Los gobiernos no aceptarán informar de sus progresos a menos que el proceso para hacerlo sea voluntario y liderado por ellos mismos.

Los acuerdos de Beijing no constituyen una hoja de ruta perfecta para lograr la realización de los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Al igual que los ODS, no son lo suficientemente ambiciosos en cuanto a proteger los derechos y la salud sexual y reproductiva de las mujeres, y tampoco cuestionan las estructuras económicas globales que generan riqueza explotando a las mujeres y el medio ambiente. No obstante, son los compromisos políticos globales que ofrecen la visión más progresista de los últimos 20 años, y a los gobiernos no se les debería permitir que los olviden.

Kate Lappin es coordinadora regional del Asia Pacific Forum on Women, Law and Development [Foro de Asia y el Pacífico sobre Mujeres, Derecho y Desarrollo, en inglés]
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